Especial de la Revista Ideele sobre Cerro El Pino y la estrategia de lucha contra la delincuencia

(*)Un cerro estigmatizado. Territorio liberado de cogoteros y escondrijo de avezados delincuentes, guarida de los malhechores que vivían de La Parada. Desde hace muchos años las personas que habitan en las alturas de la gran Lima llevan sobre sus hombros la fama de provenir de un lugar marcado. En más de 50 años, ésta es la segunda vez que la Policía interviene el asentamiento humano Cerro El Pino para diseñar un plan de seguridad ciudadana. El primero fracasó estrepitosamente.

El mirador es una terraza de tierra en la punta del cerro. Al frente se ve el Cerro San Pedro, que parece su mellizo, La Parada y el Mercado Mayorista de frutas. Una señora comenta que la vista es muy bonita, y la ubicación, inmejorable. Esto es una verdad indiscutible para los 20 mil provincianos que llegaron a ese lugar en los años 60, pero que “no la hicieron”. La mayoría vende fruta en los alrededores de La Parada, son estibadores, fabricantes de javas o vendedores minoristas. Otro centro de labores está en San Jacinto, aquel gran emporio comercial de las autopartes de la capital (o de los autos por partes). La gran mayoría de piezas son robadas y se guardan en algunas viviendas de El Pino que sirven como almacenes.

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Nueve años después, con una intrepidez envidiable, don Susano ha arremetido con fuerza. Esta vez el director ejecutivo de Seguridad Ciudadana de la PNP, general Aldo Miranda, ha elaborado un Plan de Seguridad Ciudadana para el Cerro. Ocho coroneles y 50 policías se instalaron en el local comunal. Tocaron la puerta de cada una de las casas para empadronar a los vecinos, y encontraron 15 requisitoriados por robo agravado. En un mes se ganaron la confianza de una parte de la población que, con mucho temor, se ha integrado a las 100 juntas vecinales que están activas. El hartazgo ha podido más que las amenazas de soplonaje y colaboracionismo, al menos por el momento. Ya hay un antecedente: una moto trató de atropellar al coordinador del sector 20. En el sector 1 cada familia ha donado 10 soles y han comprado 5 alarmas que sonarán cuando se registre algún robo o asalto. Don Susano piensa pedir la colaboración de sus amigos empresarios para comprar celulares y estar en comunicación permanente con los coordinadores de las juntas. Los policías se han reunido con los 82 microtaxistas formales, agrupados en tres empresas, para que se sumen al plan.

“Para mí es como despertar de un sueño”, manifiesta don Susano. La mayoría no puede creer que la Policía camine por el cerro, cuando hasta hace un mes les tiraban piedras. Lloran de emoción. Un señor dice que por un mes han andado libres. Habían olvidado la sensación de sentirse protegidos. Una señora manda un mensaje a sus familiares diciéndoles que ya pueden visitarla. Los delincuentes han huido a Huaycán, Salamanca y Villa El Salvador, pero están esperando con paciencia el momento de su regreso.

El general Miranda debió trasladar su colchón a la punta del cerro. No tuvo horarios ni descanso durante el tiempo que estuvo a cargo de la intervención policial. Su plan no era uno de “cerro arrasado”, sino que comprendía otras tácticas más inteligentes y eficientes. La noticia agarró desconcertados a los propios integrantes del cuerpo policial, quienes se estaban preparando para la clásica operación de “sálvese quien pueda”. La idea era otra: se trataba de ingresar en el cerro y convivir con la población durante un mes, con el fin de brindarles seguridad y ganarse la confianza de los pobladores. A pesar de estar siempre rodeado de su personal, a Miranda se le veía solo, como a un general en su laberinto.

Salvo los dirigentes de las juntas, el resto de la población es desconfiada. Su personal no está acostumbrado a esa modalidad de trabajo; menos sus superiores. El peso que Miranda carga solo es grande: él sabe que una raya más al tigre no es simplemente una raya más.

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(*) Nota del editor: Estos son algunos extractos del artículo, seleccionados por IDL-SC.