La clave son las juntas

La inseguridad ciudadana es un problema capital y nacional. Sobran los diagnósticos y los hay de todas las tallas y colores. Con todo, el problema, lejos de disminuir y de que se hayan ensayado diversas medidas de solución (policiales, penales y judiciales), parece incrementarse. Sin embargo, desde hace algún tiempo, y de manera tenaz, las juntas vecinales cobran cada día mayor protagonismo en la lucha contra la delincuencia. Aquí una radiografía de un fenómeno que bien puede convertirse en parte de esa piedra filosofal que tanto andamos buscando para la inseguridad en el país.

La inseguridad ciudadana es un problema capital y nacional. Sobran los diagnósticos y los hay de todas las tallas y colores. Con todo, el problema, lejos de disminuir y de que se hayan ensayado diversas medidas de solución (policiales, penales y judiciales), parece incrementarse. Sin embargo, desde hace algún tiempo, y de manera tenaz, las juntas vecinales cobran cada día mayor protagonismo en la lucha contra la delincuencia. Aquí una radiografía de un fenómeno que bien puede convertirse en parte de esa piedra filosofal que tanto andamos buscando para la inseguridad en el país.

Don Quintiliano Olivas y Susano Enciso son dos líderes históricos de las juntas vecinales, una de las más interesantes experiencias de trabajo conjunto de la Policía Nacional del Perú (PNP) y los vecinos para enfrentar la delincuencia y la inseguridad ciudadana. Mucho antes de que existiera la idea y la política de crear juntas, ellos ya estaban trabajando en sus barrios, enfrentando a asaltantes, drogos, microcomercializadores de droga, organizando a los vecinos para tratar de vivir en localidades más seguras.

Cuando Susano Enciso llegó a las faldas del Cerro El Pino, en La Victoria, a mediados de los noventa, era una locura para cualquier empresario poner un negocio ahí. Incluso era descabellado vivir ahí. La delincuencia se había apoderado de todo. Pero no había muchas opciones. Tocaba vivir en algún lugar de esa Lima que sufría las secuelas del terrorismo, devastada por la inflación, el fujishock y la corrupción en todos los niveles.

Lo mismo don Quintiliano Olivas. Él llegó a Villa El Salvador en 1982, cuando el arenal dominaba y era complicado vivir tranquilo. Las pandillas marcaban su territorio y se enfrentaban a pedradas en la vía pública. Un buen día, cansado de sobrevivir rodeado de inseguridades y de que sus hijos se expusieran a la violencia, se organizó junto con otros vecinos para enfrentar a la delincuencia. Todavía no había nacido la primera Junta Vecinal, que surgió algún tiempo después. Pero la indignación y la cólera estaban sembradas, como lo estaban los cimientos de la organización vecinal; faltaba la voluntad política policial, su respaldo al más alto nivel y sus directivas para que la experiencia de las juntas vecinales viera la luz como una clave para enfrentar la inseguridad ciudadana en la Lima gris de mediados y fines de los noventa.

La experiencia de vecinos espontáneamente organizados en diversos puntos de Lima y otras ciudades ─y que es muy propia de la organización comunal, que venía con los migrantes─ fue avizorada y canalizada a través de una política de alto nivel, desde 1997. Entre las autoridades que dieron el puntapié inicial y colocaron a las juntas vecinales como un elemento central de una política de Policía Comunitaria, podemos destacar nombres como el del general Enrique Yépez, Adolfo Alfaro y otros tantos policías y civiles a través de la Dirección de Participación Ciudadana y sus correlatos en las regiones, así como de comisarios y policías que se comieron el pleito de pensarse a sí mismos como policías comunitarios.

Juntas vecinales en Lima y Callao: ¿Cuántas son? ¿Dónde están?
A don Quintiliano Olivas, líder histórico, premiado innumerables veces, le gusta decir que hay una fiebre de juntas vecinales que se ha extendido por todo Lima y el país. Y las cifras ─aunque no suelen ser exactas en Seguridad Ciudadana─ le dan la razón: en Lima y Callao teníamos, a mediados del 2012, más de 50.000 vecinos organizados en juntas, según fuente oficial. Este elevado número casi quintuplica a los más de 10.000 policías destinados para enfrentar los delitos y las faltas en la capital.

Además, en el caso de las JV parece haber una lógica inversa a la de la distribución de recursos policiales y municipales para contrarrestar la inseguridad ciudadana. Ahí donde las municipalidades y la Policía cuentan con menos personas y menos recursos materiales, los vecinos son más activos para organizarse y conformar juntas vecinales. O, dicho de otro modo: ahí donde hay menos policías y serenos, hay más vecinos decididos (u obligados) a tomar las riendas de su seguridad. Distritos como San Juan de Lurigancho, Los Olivos y Puente Piedra ocupan los tres primeros puestos en número de integrantes de juntas vecinales, con 7.210, 4.960 y 4.110 respectivamente. Mientras que en Miraflores y San Isidro hay menos de 130 vecinos por distrito en esta lid.

Si bien la lógica descrita ayuda a entender en parte la fiebre de las JV, no agota las razones para explicar su número en cada distrito. Por ejemplo, no explica por qué San Miguel ocupa el cuarto lugar en número de integrantes en JV, o que La Perla se ubique en el último lugar. Para entender eso se deben explorar otras razones, como cantidad de población, interés de los gobiernos locales y de los vecinos por conformar juntas, o la compleja relación entre la PNP y las JV.

Susano Enciso
Empresario, coordinador de las juntas vecinales del Cerro El Pino, La Victoria, Lima

“En el fondo, a mí me da cólera. ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Eso no puede estar pasando!”

Del miedo a la cólera, de la cólera a la acción
Cuando yo llegué a Cerro El Pino todo era delincuencia. Se vendía la droga a todas horas del día, delante de los vecinos, los niños, los jóvenes. La Policía era parte de este juego. No había respeto a la autoridad policial. Diario moría una persona. Nadie decía nada. Prácticamente, la calle era tierra de nadie. No se podía caminar libremente, nada. Los rateros hacían cola para robar. Uno por uno salía.

 

Mira, en el fondo, a mí me da cólera. ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Eso no puede estar pasando! Cogí este local y lo convertí en un taller. Los clientes no podían venir. Yo mismo tenía que estar metido dentro de mi tienda para evitar que me roben o me hagan daño. ¡Era una indignación!

 

En el 92 unos vecinos me buscaron e hicimos un memorial a un general de la PNP, contando todo lo que pasaba aquí. Se envió el memorial al general y éste se animó e hizo un operativo. En 1997 el entonces coronel Yépez Dávalos me mandó llamar. Y me dijo que estaba fundando las juntas vecinales y que yo debía ser el coordinador de esta parte. En el 2000 llegó el coronel Alfaro y con su apoyo se fortalecieron las juntas.

 

El difícil camino de las juntas vecinales de Cerro El Pino
Para empezar, todo el mundo tenía miedo. Comenzamos con dos o tres personas. Eran vecinos y no podían ir contra sus propios vecinos, porque eran sus conocidos. Había varias mafias. Cuatro mafias dirigidas por mujeres.

 

Era muy difícil hacer el cambio. Los policías estaban coludidos con los delincuentes. Con el general Yépez empezó el cambio en la PNP. En la comisaría, varios policías se habían repartido el territorio. Ellos manejaban todo y encubrían. Todo eso teníamos que desbaratar. Gracias a Yépez y al capitán Sánchez Pupuchi logramos hacer cosas, coordinando con la VII Región.

 

Llegó el 2000 y la situación mejoró considerablemente. Logramos erradicar a aproximadamente 700 fumones y ya no había mafias. Recuperamos la calle, que era una feria. Cuando había un asalto en los bancos, los delincuentes venían para aquí. Todas esas cosas se han limpiado en esta zona. Tuvimos que hacer incluso labor de inteligencia, filmaciones. Hemos recibido agresiones, amenazas contra nuestras vidas.

 

Los problemas y la necesidad de reorganizarse
Actualmente las juntas vecinales de Cerro El Pino están en reorganización. El comisario anterior las dejó desorganizadas, pues trataba de controlarlas. Ahora estamos intentando ordenarlas. Por otra parte, la Municipalidad de La Victoria no está aportando nada. Solo se acuerda de Cerro El Pino cuando llegan las elecciones. Su ayuda es cero. Sería bueno que el Alcalde sea una persona comunitaria.

Las juntas están en la ley
Ante el movimiento y la fiebre de JV, la ley no tardó mucho en reconocerlas. A poco del inicio formal de la experiencia, ya se hablaba de las juntas vecinales en documentos oficiales. Y es en el 2003, tiempo de los activistas de derechos humanos en el Ministerio del Interior, cuando se promovió la ley 27933, que creó el Sistema Nacional de Seguridad Ciudadana (SINASEC), que contaban con las JV como un actor clave en los consejos provinciales y distritales de Seguridad Ciudadana.

Varios años después, en las postrimerías del gobierno de Alan García, se aprobó la ley 29701, que establece beneficios para los integrantes de las juntas, pero también plantea algunas definiciones normativas sobre ellas y sus funciones, además de que fija como su día conmemorativo el 15 de diciembre. Y por si faltase más reconocimiento formal, el 22 de marzo del 2013 el ministro Pedraza reglamentó la ley de beneficios con el fin de que se cumpliera con compromisos importantes, como que los miembros de las JV gocen al menos de la cobertura del Seguro Integral del Salud (SIS).

Los vecinos son más activos para organizarse y conformar juntas vecinales. O, dicho de otro modo: ahí donde hay menos policías y serenos, hay más vecinos decididos (u obligados) a tomar las riendas de su seguridad.

La PNP y las juntas vecinales: aliados para enfrentar la delincuencia… ¿o a veces rivales?
La ecuación vecinos y PNP trabajando juntos por la seguridad ciudadana es, sin duda, una clave para tener calles menos peligrosas, donde podamos ejercer con libertad nuestros derechos. La teoría de Policía Comunitaria así lo reza, y también lo hemos visto en la práctica tantas veces con comisarios y oficiales de Participación Ciudadana que asumen la tarea de reencontrarse con la comunidad, rehaciendo los lazos de confianza y respeto, y con vecinos comprometidos, capaces de invertir su tiempo y arriesgar su integridad personal por su localidad. Ésa es la apuesta de IDL-Seguridad Ciudadana, y a eso apuntamos con la contribución que le pedimos al comandante PNP Guillermo Bonilla para este especial sobre juntas vecinales.

Sin embargo, las cosas no siempre son así. A pesar de los esfuerzos de comisarios y policías comunitarios, como el comandante Díaz Zuloeta o Bonilla, entre tantos, la labor de la PNP no siempre se inyecta del espíritu comunitario, ni, menos, de la honestidad. Eso explica la reiteración de casos de conflictos entre juntas vecinales y policías.

La relación entre la JV y sus dirigentes, por un lado, y la PNP, por otro, es mucho más compleja de lo que se puede imaginar, y se cruza con rasgos propios de una institución que ha tenido serios problemas de corrupción e historias de alianzas con la delincuencia, a la par de una marcada jerarquización interna y distancia con los ciudadanos, entre otras características de la PNP, sin dejar de mencionar extendidos casos de heroísmo y valentía, además de proyectar la imagen de ser una vía de asenso social y de servicio a la patria.

En su complejidad, son latentes los casos en que la PNP no ve a las JV como un aliado con autonomía propia, sino que trata de subordinarlo al comisario de turno, estableciendo niveles de coordinación que limitan la tarea de las juntas, e incluso tratando de cooptar líderes o colocando en puestos clave de las juntas a personas manejables. Una situación como ésta puede debilitar intensamente la organización de las JV y generar su desprestigio ante el resto de la población de la localidad.

Pero mucho más grave es cuando el comisario u otros policías ven en las juntas un problema, debido a que ellos mismos están involucrados en la cadena de actuación de las bandas que operan en su localidad. En nuestro querido Perú, debemos reconocer que la PNP muchas veces forma parte activa o pasivamente de la comisión de ilícitos. Esos mismos ilícitos que las JV buscan erradicar. En esos casos, las juntas vecinales y la Policía no son más aliados, sino efectivamente rivales.

Comandante PNP Guillermo Bonilla
Jefe de la División de Familia, Participación y Seguridad Ciudadana de la Región Policial Callao

Ante la urgencia de encontrar una adecuada estrategia cuya aplicación no violente los derechos humanos y que genere una cultura de paz que permita solucionar el problema de la inseguridad que en el país es muy grave y complejo, en el Callao parece haberse encontrado ese camino ideal. A esa conclusión puede llegarse si se observa con detenimiento el trabajo silencioso que desde hace varios años atrás vienen realizando los promotores de las oficinas de seguridad ciudadana de las 19 comisarias chalacas, quienes han conformado las juntas vecinales de seguridad ciudadana, integradas por voluntariosos vecinos deseosos de vivir en paz y ser protagonistas de ese cambio que todos deseamos.

 

Los integrantes de las JV han entendido y puesto en práctica el derecho de todos ellos a participar en el diseño, impulso, evaluación y vigilancia en políticas públicas, en este caso específico la de Seguridad Ciudadana. Ellos ya son reconocidos como los vecinos vigilantes aliados de la nueva Policía Nacional, trabajando siempre en equipo premunidos de su mejor arma: el entusiasmo. No hay obstáculo que se les interponga en el camino. Hacen rondas nocturnas, confeccionan los mapas de incidencia delictiva de su barrio, compran silbatos y linternas, y ponen el pecho cuando “las papas queman”. Ahí están, cuando el deber los llama, sin esperar nada a cambio, acompañando muchas veces a su comisario y demás policías. En la actualidad son 400 juntas vecinales que vienen funcionando en el Callao, y a fin de año deben llegar a 600.

 

La Región Policial Callao ha diseñado un plan de Seguridad Ciudadana cuya principal estrategia es la participación ciudadana. Están convencidos de que el mejor amigo de un policía es el vecino, y que fomentando la participación vecinal se conquistará la seguridad ciudadana. Esta estrategia tendrá éxito en la medida en que todos los ciudadanos se involucren y sean parte de la solución, en que la Policía actúe con mayor sensibilidad social y tenga un carácter comunitario. Tendrá éxito si el Gobierno Regional y los gobiernos locales apoyan las iniciativas y requerimientos de los vecinos, creando o mejorando los espacios públicos para convertirlos en lugares de concentración masiva donde los ciudadanos puedan reencontrarse para conversar o realizar actividades deportivas, culturales y de recreación sin el riesgo de ser víctimas de la inseguridad.

 

Fomentar la participación ciudadana es la tarea por cumplir para lograr el binomio policía-vecino como el nuevo paradigma de la seguridad ciudadana en el Callao.

Las juntas vecinales como clave para enfrentar la inseguridad ciudadana
Sea como fuese, las juntas vecinales son un actor clave para enfrentar la inseguridad ciudadana. Su elevado número y extendida difusión por el territorio nacional, el reconocimiento legal y el respaldo formal que han tenido a lo largo de diferentes gestiones ministeriales, incluyendo la actual, con acciones concretas de la Dirección de Participación Ciudadana, a cargo del general Aldo Miranda, hacen de las juntas vecinales un componente que ningún comisario ni otro policía puede omitir. Más aún: tanto su extensión como difusión, y sus múltiples reconocimientos, son precisamente un mérito del trabajo que han realizado miles de personas en diferentes partes del país, algunas veces con más éxitos y compromiso que en otros lugares.

Dieciséis años desde el impulso inicial en 1997 no pasan en vano: han hecho que las JV se ganen un espacio reconocido entre policías, delincuentes y ciudadanos en general, incluso en zonas que antes eran “tierra de nadie”. A estas alturas, para nadie es un misterio que ellas son un actor clave para enfrentar la inseguridad, pero no son el único. Para tener barrios más seguros se necesita más que vecinos valientes, comprometidos y organizados. Se necesita también policías comunitarios y alcaldes dedicados a la causa. Son varios los actores que deben hacer frente a la inseguridad, y varios los elementos que se deben considerar. En ese ámbito, las juntas son esenciales.

Quintilinano Olivas
Mecánico, conferencista y promotor de Seguridad Ciudadana, ex coordinador distrital de las juntas vecinales de Villa El Salvador, Lima

“Actualmente hay una fiebre de juntas vecinales en todo el Perú”
Antes de las juntas, los vecinos ya estábamos trabajando
Antes de que hubiera JV, nosotros trabajábamos con el Comité Cívico de Villa El Salvador desde 1994, que eran los amigos de la Policía. Desde ahí realizábamos actividades de apoyo a la comisaría. Era servir sin recibir nada a cambio.

 

También realizamos varios operativos por iniciativa nuestra, antes de que hubiese junta. Inteligencia para combatir el pandillaje e inteligencia para acabar con la comercialización de drogas. Ahora, en mis viajes, cuento siempre la experiencia de cómo en Villa El Salvador trabajamos este tema. Para convencer a los vecinos, les decía que teníamos que proteger nuestra cuadra, nuestro barrio, porque aquí vamos a vivir siempre. Había que hacer justicia. Y, lamentablemente, algunos efectivos PNP eran parte del problema. Pero por suerte conté con el apoyo de generales y logramos atacar a las mafias de drogas con éxito.

 

Fiebre de JV y consejos de la experiencia de Villa El Salvador
Actualmente hay una fiebre de JV en todo el Perú. Yo vengo de hacer viajes por varias partes del país, como promotor, y en todos los lugares hay juntas. Hay que ir de pueblo en pueblo, ordenando la calle.

 

Una cuestión esencial son los líderes de las juntas. Cuando una persona tiene vocación, motivación, habla bien, trasmite autoestima, entonces los vecinos la apoyan, le cumplen. Hay que motivar a los vecinos, decirles que de ahora en adelante vamos a vivir como gente, puesto que aquí vamos a vivir para siempre. El responsable es el líder, el que quiere que su pueblo tenga progreso.

 

También son importantes las juramentaciones, que tienen que ser en el campo, ante la comunidad. Nosotros en Villa hacemos juramentaciones grandes, con banda, donaciones, con presencia de PNP y vecinos, A veces incluso vienen generales. Antes de juramentar paseamos por la calle, la nueva directiva de la junta va con pantalón negro y camisa blanca. Luego de la juramentación se ponen su chaleco distintivo. Es importante que, en la ceremonia, el comisario salude a todos los hombres y mujeres, como le recomendé a un general cuando juramentó a la primera junta aquí en Villa. Sin alfombras rojas, sino con el pueblo, pisando tierra, arena.

 

Luego, todos los domingos hacemos nuestra ceremonia de izamiento de bandera. A veces he tenido que hacer hasta 38 izamientos en un mismo día. El mensaje es que las JV están en la calle, no en la puerta de la comisaría, sino en el campo.

 

En nuestra experiencia, vale contar con el apoyo de las fuerzas de arriba. Por ejemplo, en una oportunidad fui a buscar al comisario para salir a patrullar, pero se negó. Entonces, ya había coordinado para llamar al general. El general hizo que el comisario me fuera a buscar y saliera a patrullar, que nos diera el respaldo que necesitábamos. Con eso ya nos atienden mejor. Los policías piensan que hay que trabajar con las juntas vecinales.

 

Las JV no deben politizarse, pero sí deben trabajar con el Municipio. En mi caso, me han pedido que sea teniente alcalde, gobernador. Pero siempre me he negado. No necesitamos el cargo.